- He pedido al Señor que me hiciera conocer la participación de la Santísima Virgen en el Misterio de la Encarnación. Con gran bondad me ha respondido:
“La participación de mi Madre en mi Encarnación es Misterio grande y sublime”.
Mientras Ella me daba la vida corporal y me nutría y me criaba, antes del nacimiento y después del nacimiento, Yo le daba en medida cada vez mayor mi Vida divina.
Por eso Yo soy como parte de Ella por la naturaleza humana, y Ella es como parte de Mí por la naturaleza Divina.
Naturaleza humana y naturaleza divina en Mí y en Ella, se funden de un modo único, particularísimo y misterioso, por el que todo lo que es mío es también suyo y todo lo que es suyo es también mío.”
De aquí queda claro y evidente que su participación en el Misterio de mi Encarnación la lleva a una comunión perfecta por lo que, pensamientos, afectos, alegrías y dolores es como si brotaran de una sola fuente.
La participación de Ella en mi sufrimiento infinito es misteriosamente tan intensa que no se puede comprender por la mente humana. Por esta misma razón se vuelve incomprensible a la mente humana su amor por Mí, Uno y Trino, y por todos los hombres.
Es incomprensible a la mente humana la grandeza de mi Madre en la prueba, en el dolor y su grandeza en la gloria.
Ella vive en Mí; Yo vivo en Ella. Así es ahora,
así fue, así será siempre.
- Señor, ¿cuál es la participación de tu Madre en el Misterio Eucarístico?
"La misma que en el Misterio de la Encarnación.
Es de comunión perfecta, viviendo Ella de Mí y Yo de Ella: Ella de mi naturaleza divina, Yo de su naturaleza humana.
He dicho que vivimos en una comunión perfecta: donde estoy Yo, también está Ella.
Hijo, bastaría esto para volver más accesible a las almas la grandeza de mi Madre y vuestra.
Por medio suyo el injerto de Mí, Verbo eterno de Dios, en la naturaleza humana; por medio suyo se ha hecho realidad el Misterio de la salvación.
Es un Misterio en pleno desarrollo. Por medio de Ella, Satanás ha sido vencido y el hombre de buena voluntad, si quiere, puede salvarse”.
La comunión, que brota del Misterio de la Encarnación, continúa en el Misterio Eucarístico y continuará eternamente. Yo siempre viviré de su naturaleza humana y Ella siempre vivirá de mi naturaleza divina.
Esta comunión es un hecho evidente jamás repetible.
No tiene comparación en la comunión mía con
las almas en gracia, aunque también esta última es una cosa
que no se puede describir humanamente por su belleza sobrenatural.
Envueltos en la oscuridad
De las relaciones que intervienen entre Dios Uno y Trino y Mi Madre se derivan hechos sublimes, únicos e irrepetibles:
- su maternidad inseparable de su virginidad,
- su concepción inmaculada,
- su exención de la corrupción de la carne,
- su asunción y su realeza sobre todas las potestades
del Cielo y de la tierra,
- su poder sobre las mismas fuerzas del infierno que, al final,
derrotará definitivamente.
Los hombres, en su presuntuoso simplismo, no ven la grandeza y el poder de mi Madre que es también su Madre. No han escuchado sus repetidas llamadas maternales.
Si los hombres se volvieran a Ella arrepentidos, si le rezaran, podrían evitar la avalancha que los amenaza y que ya está en movimiento.
Pero, embriagados de placeres y de bienes materiales, viven en cambio envueltos en la oscuridad como si Dios no existiera y como si tampoco existiera mi Madre.
Los hombres, e incluso muchos de mis ministros, no han comprendido, el amor sin medida de su Madre Celestial, porque no han profundizado.
Si lo hubieran comprendido y lo hubieran correspondido, cuántos
males no se habrían evitado a los individuos y a los pueblos; ¡cómo
habría sido de serena para todos su peregrinación por la
tierra!
— ¿Cuál es la participación de la Virgen María en el Misterio de la Cruz?
"La participación de mi Madre en el Misterio de la Cruz
es un hecho único en la historia del género humano y también
en la historia del Cielo.
iluminada
Mi Madre, solo Ella entre todas las mujeres, es verdadera Sacerdotisa.
Ella, bien erudita en las Sagradas Escrituras, iluminada sobreabundantemente
por el Espíritu Santo, aceptando la maternidad divina bien sabía
lo que iba a ser de Ella.
Por lo demás, el viejo Simeón, sin términos medios le dijo: "y tú, oh mujer, tendrás el corazón traspasado... etc."
Mi Madre conservó en su corazón esta tremenda profecía, para Ella límpida y transparente, tanto que la misma profecía fue como hoja afilada que le traspasó el corazón durante toda su vida.
Mi Madre fue verdadera Sacerdotisa.
No en el sentido común, en el que lo son en cierto modo,
los bautizados y los confirmados. Ni siquiera en el sentido ministerial,
sino en modo diferente, y todavía más profundo, de quien
ha recibido el Sacramento del Orden.
Mi Madre fue y es verdadera Sacerdotisa en cuanto que en la cima del Calvario ofreció al Padre la Víctima pura y santa, el Cordero de Dios, su Hijo y con el Cordero se ofreció a sí misma.
Ella es también víctima por los pecados.
Presente, consciente, copartícipe, no sufrió la acción, pero - con el Hijo suyo divino - fue verdadera protagonista del drama de la Redención en el que se centra la historia del género humano.
En este doble ofrecimiento, que se renueva en cada Misa, está la acción por la cual el Sacerdote es verdaderamente tal. Nunca en efecto el Sacerdote es tan Sacerdote como cuando, junto a Mí, me ofrece a Mí mismo y a sí mismo al Padre.
Por esto mi Madre es corredentora.
Para realizar este ofrecimiento mi Madre ha debido anonadarse enteramente a sí misma. La víctima se destruye, la víctima se consuma. Ella ha debido destruir su corazón de Madre santa y pura, la más santa entre todas las madres.
Ha debido sacrificar e inmolar todo sentimiento suyo, ha debido y querido repetir su “fiat” y, como Jesús y con Jesús ha dicho: “no se haga, oh Padre, mi voluntad sino la tuya”.
Sólo un amor indescriptible, incomprensible, un amor sin dimensiones humanas la ha hecho capaz de tan grande prodigio.
Mi Madre, como Sacerdotisa, ha testimoniado a Dios y a los hombres
la más grande prueba de amor que consiste en sacrificar no la propia
vida, sino la vida de Aquel a quien más se ama.
Tremenda sorpresa
Los hombres saben poco y reflexionan menos todavía sobre lo poco que saben.
Los hombres y muchos ministros míos y almas consagradas, no consideran que el Misterio de la Cruz se renueva incesantemente. Débilmente creen en la sublime realidad del Misterio de la Cruz, que se perpetúa en el Santo Sacrificio de la Misa.
Los sacerdotes no piensan que junto a Mí, que estoy presente en la Hostia consagrada, está mi Madre como en el Calvario, que ofrece al Padre, al mismo tiempo que a Mí, también a sí misma.
Piensa, hijo, qué tremenda sorpresa será un día para muchos de mis ministros el descubrir el hecho de haber sido sólo materialmente, Conmigo y con la Madre mía y suya, protagonistas de estos grandes misterios.
Reflexiona en cuántos frutos no logrados, en cuántas almas no santificadas por la ceguera culpable de muchos ministros míos.
Reflexiona en los sacrilegios continuos.
. Mi Madre está y permanece en perfecta comunión Conmigo.
En Ella se han cumplido grandes cosas. ¡Qué ejemplo es mi
Madre para todos los sacerdotes!
Si mis sacerdotes se inspiraran en esta perfecta comunión
que interviene entre Mí y mi Madre, lucharían cotidianamente
por el aniquilamiento total del propio yo.
Ofreciéndose al Padre junto a Mí, siguiéndome
en la Cruz en lugar de seguir al mundo, experimentarían que mi yugo
es suave y ligero. Verían el árbol de mi Iglesia, riquísimo
de frutos.
Hijo, el mundo se está precipitando hacia la ruina como
una terrible avalancha. Cuando una avalancha inicia su descenso, raramente
se la advierte; su movimiento inicial es imperceptible, luego, poco a poco,
crece y se hace arrollador.
Pues bien, la avalancha ha iniciado su marcha y los hombres ciegamente
no advierten el desastre hacia el que se precipitan.
La alarma se ha dado, casi inútilmente. Poquísimos
la han acogido; muchísimos la han ignorado.
Pero lo que más entristece mi Corazón Misericordioso
y el Corazón Inmaculado de la Madre mía y vuestra, es el
hecho de que demasiados sacerdotes hayan ignorado las múltiples
llamadas venidas del Cielo. Tremenda responsabilidad...
¡Rezar, reparar, ofrecer!
Esto urge decir; esto urge hacer.
"Hijo, el Sacerdote me pertenece, todas las criaturas me pertenecen, todos los hombres me pertenecen, pero el sacerdote me pertenece en modo diferente y particular.
Tú, hijo mío:
— me perteneces por Creación,
— me perteneces por Redención,
— me perteneces por Vocación,
— me perteneces por Reconquista.
Así es verdaderamente.
Por lo tanto, eres mi propiedad, y como propiedad mía,
tú realizas el fin de 1a Creación, el fin de la Redención
y el fin de tu Vocación solamente de un modo: adecuándote
escrupulosamente a mi voluntad.
Para esto te he llamado: no me has escogido tú a Mí, sino que Yo te he escogido a ti. Te he escogido para hacer de ti un ministro mío, es decir, para hacer de ti otro Yo mismo. No es un modo de decir, sino que es una gran realidad: Sacerdos alter Christus .
Sólo los santos han tenido la justa visión de la grandeza sacerdotal. Muchos ministros míos están muy lejos de vivir esta realidad divina: no tienen la visión luminosa del Misterio del que son parte.
Mis ministros deberían ser responsablemente conscientes de su dignidad sacerdotal, adecuando a ella día y noche toda aspiración y toda energía, toda fatiga y todo sufrimiento.
Así han hecho los sacerdotes santos y ¡todos los sacerdotes deben ser santos!
Para esto los he escogido para santificarse y luego santificar,
para darse a Mí enteramente porque son míos, porque me pertenecen
por tantos títulos y para que Yo pueda darlos, sin reservas, a los
hermanos.
Pero, ¿qué hacen tantos ministros míos? Cuidan de sus intereses (muchas veces disimulados, pero siempre sus intereses) no de los míos que son los de las almas. Están sedientos y hambrientos de cosas mundanas.
He dicho que cuidan de sus intereses: mejor definirlos pseudo - intereses; el verdadero interés de ellos debe ser uno sólo: “Dios”. La gloria de Dios, la salvación de las almas; todo el resto no vale.
Por fuerza vagan desorientados en la niebla y en la oscuridad, que no se reconocen ya ni a sí mismos. No saben ya quiénes son, no saben a dónde van; por fuerza resulta que ¡no hacen mella en las almas!
No, no se salvan almas en las playas donde impera Satanás
compitiendo con los hijos de las tinieblas en la inmodestia, en la impureza,
en el mal. No se salvan almas leyendo toda clase de libros, envenenando
y contaminando espíritu y alma. No se salvan almas repudiando la
fe. Se han hecho materialistas.
Espantosa inversión
Cuán lejos están estos ministros míos del Centro propulsor de la gracia que es mi Corazón misericordioso.
Cuánto sufrí por Judas, reacio a mi amor, cuanto sufrí por Judas, pero más que por la traición hecha con relación a mí, por la ruina de su alma.
Cuánto sufrimiento por muchos sacerdotes míos que traicionan el mandato divino, pudriéndose a sí mismos y a tantas almas.
Hijo mío, un sacerdote no se salva solo ni se pierde solo. Obrando por la salvación de un sacerdote se obra por la salvación de otras muchas almas.
Que tremenda y espantosa inversión de una estupenda realidad
divina:
— de Alter Christus, a lobo rapaz que dispersa el rebaño;
— de Angel de luz, a ángel de las tinieblas.
— de Ministro embajador de Dios a traidor de la finalidad de la Creación,
de la Redención y de su Vocación.
"Ya no os llamo siervos, sino amigos".
De amigo de Dios a colaborador de Satanás en el arrancar
a mi Corazón Misericordioso las almas
¿No es este el mal más grande que un hombre, un
ministro mío puede hacer?
Necesidad esencial
¿Por qué se llega a tanto?
Hijo mío, a medida que se nos aleja de la fuente de la luz, se nos adentra primero en la sombra, luego en la oscuridad; a medida que se nos aleja de la fuente del calor (amor) penetra en el alma primero el frío y después el hielo, la insensibilidad a toda llamada mía.
Es necesario unirse a Mí, hijo, siempre más íntima y profundamente como mi Madre fue y está unida a Mí en el ofrecimiento.
Por eso no te debe extrañar lo que con insistencia te pido. Un acto de fe, un acto de esperanza, un acto de amor y de abandono me recompensa por las ofensas, injurias y sacrilegios que continuamente se realizan.
Yo quiero atraer a Mí las almas, a las que amo, con la violencia y la potencia infinita de mi amor.
Yo quiero vincular y elevar a Mí a éstas almas: he aquí por qué les pido a ellas darse a Mí enteramente en la realización de mi voluntad, según el ejemplo de mi Madre y vuestra Madre.
Quiero que estas almas estén tendiendo hacia Mí día y noche, en una unión que debe transformarse en comunión perfecta.
Esto sucede cuando el amor por Mí es verdadero, grande
y abrasador. Entonces el tender hacia Mí con actos de fe, de esperanza,
de confianza y de ofrecimiento se volverá como una segunda naturaleza,
algo preciso, una necesidad esencial, como lo es para el amante tender
hacia el objeto amado. Entonces como no se puede vivir sin respirar, tampoco
se podrá vivir sin Mí.
Hijo, esto pido: no te olvides de que Yo soy el Amor, el Amor eterno, increado, que desde siempre estoy inclinado hacia vosotros.
Tengo derecho de ser amado por vosotros, porque soy el Amor, porque
por amor os he creado, por amor os he redimido, por amor os he escogido
y por amor os he reconquistado.