Titular Luis Landero

Algunos enlaces:

 Círculo Cultural Faroni

Libros de Luis Landero en el catálogo de la Biblioteca Nacional

 Entrevista a Luis Landero
(en fomato PDF)



Esto no es una reseña

Néstor Casado

[nescano@alumni.uv.es]

Luis Landero
El mágico aprendiz
Barcelona, Tusquets, 1999 (febrero).
 

    Casi diez años después del acontecimiento literario que supuso la publicación de Juegos de la edad tardía Luis Landero ha escrito su tercera novela, El mágico aprendiz. La segunda, Caballeros de fortuna, según el propio Landero fue escrita bajo la presión del éxito, una obra que como tantas vino a llenar un hueco en el mercado más que a provocarlo o a crearlo. El mágico aprendiz, por el contrario, ha sido reconocida por su autor como un hijo legítimo y, para lo bueno y para lo malo, tiene los apellidos de su padre. Tanto la primera como ésta hunden sus raíces en temas, obsesiones y formas heredadas de la Generación del Noventa y Ocho y que atraviesan la narrativa española hasta Tiempo de silencio.

    Matías Moro, el protagonista de El mágico aprendiz, es un empleado de una asesoría jurídico-económica que defiende su vida anodina y pacata como una reivindicación de esa forma de la felicidad que consiste en pensar que si nada se hace nada sucederá. Soltero y cuarentón, Matías divide sus horas entre el trabajo y el ocio televisivo. Ocasionalmente, cuando le apura el ansia del aguachirle conyugal cernudiano, combate ese deseo con una paja tranquila inducida por una película porno. En ese viaje a ningún lado le acompañan Martínez, Pacheco, Veguita o Bernal, sus compañeros de trabajo. Frente a ellos se alza la figura de Castro, el adinerado propietario de la asesoría, omnisciente, misterioso y un tanto perverso. Entre Castro y sus empleados existe una línea de separación más gruesa que la meramente económica. En esta particular dialéctica amo-esclavo Castro es conocedor de artes, mecanismos y secretos que apenas son presentidos por sus empleados. Castro, además, se sabe poseedor de estos talismanes.

    Por debajo de estos dos mundos, existe el inframundo: inmigrantes, parados de más de cincuenta años, una excorista, doña Paula y Martina. Doña Paula recuerda a aquella mujer de Tiempo de silencio, la "redonda consorte del Muecas", que como ella "es apenas tierra". Martina es su hija. Por ella Matías intentará revestirse con los talismanes que posee Castro, fundará una empresa, arrastrará o se dejará arrastrar por Martínez y Pacheco en una odisea que les conducirá a todos ellos a los arrabales de Madrid, recordando otra vez a la novela de Luis Martín-Santos.

    El mágico aprendiz como Juegos de la edad tardía tienen innumerables referentes literarios explícitos e implícitos a la Generación del Noventa y Ocho. Los protagonistas de aquellas novelas de principios de siglo, Pedro en Tiempo de silencio, o Gregorio en Juegos de la edad tardía, tras un periplo en el que intentaban escapar de la España profunda eran de nuevo deglutidos por su vórtice y volvían al mundo rural donde ejercerían de maridos eunucos o de médicos rurales. España les castraba. Algo de eso queda en las novelas de Landero, solo que ya no hay mundo rural al que volver y los protagonistas no son médicos, abogados o escritores, sino empleados administrativos. El anhelo ha dejado de ser inventar (por ejemplo, un torpedo para ganar la guerra de Cuba) o investigar (un remedio contra el cáncer) y ahora, en El mágico aprendiz, se reduce a entrar en la economía de mercado, hacerse empresario y vender envases a los chinos. Sin embargo, el deseo de respirar un aire foráneo sigue siendo el mismo y también el fracaso o el castigo por haberse dejado apresar por el Ansia.

    Frente a estos temas se puede pensar que Landero está condicionado por su profesión de profesor de literatura y que debería mirar hacia una España tan distinta de la de principios de siglo, como de la España tardofranquista; pero también se podría pensar que Landero sabe mirar mejor que otros. Algún crítico despistado ha escrito que El mágico aprendiz "parece asunto del pasado, repleto como está de rancias humoradas y dramatismos", que es una epopeya de la mediocridad exaltada y que predica la consoladora ética del conformismo. Quizá se puedan hacer este tipo de lecturas si los referentes culturales que uno posee están marcados por los mensajes publicitarios y las consignas políticas, pero el anhelo de novedad y actualidad tienen mucho que ver con un país que sigue mirando más afuera que dentro.

    Es cierto que esta obra no llega a la altura que alcanzó Juegos de la edad tardía. Me parece que en su construcción hay dos faltas claras, la primera que el ritmo narrativo se estanca en ocasiones, sobre todo hacia mitad de la novela, y la segunda que algunos personajes son esquemáticos o acaban resultando idénticos a sí mismos, como Pacheco quien abusa tanto de su manual para el éxito que acaba también él por parecer un personaje de manual. Martina, que tampoco está lograda, es una Lolita sin coquetería, sin atractivo y demasiado juiciosa para invitar a la transgresión o la aventura; aunque al principio de la novela parece más interesante según avanza ésta nos resulta menos convincente el amor de Matías hacia Martina, pues de ella solo nos queda un argumento: su juventud. Finalmente, la manera en que Landero se deshace de este personaje es una de las cosas peor pensadas en la novela.

    A Landero también se le ha escapado la trama policial, apenas esbozada al principio, que podría haber hecho más interesantes algunos capítulos centrales un tanto aburridos.

    Sin embargo, el final de la novela aunque quizá haya enfadado a aquellos lectores que quieran hacer una lectura social, es quizá una de las mejores bazas de la obra. Redondo y coherente con el conjunto, consigue transmitir el dulce fracaso de unos personajes que ya en su inicio estaban condenados. El periplo de Matías se cierra así no con el destierro al mundo rural impuesto por los demás (vivido como castración por el Pedro de Tiempo de silencio), sino con el regreso al punto de partida, a una vida estable, acomodada y sin horizontes que él mismo ha elegido. El fracaso no es tanto el de Matías y sus compañeros de viaje como el del lector, que durante toda la novela ha querido que su protagonista fuese más valiente. Como Pacheco y Martínez, el lector también se esconde tras la figura de Matías esperando de él más que lo que espera de sí mismo. El personaje que encarna Matías es demasiado realista para suscitar simpatías.

    Y esto, que no es una reseña sino unos comentarios sobre la tercera novela de uno de los pocos autores españoles que intentan hacer una novela que no sea solo técnicamente correcta sino además y sobre todo decir algo, quiero terminarlo con uno de los pasajes que más me ha emocionado.
 

"Y lo mismo le pasaba con los objetos personales del padre. Siempre los había codiciado, y también a veces los examinaba a hurtadillas y pensaba que algún día serían suyos. Eran muy pocos, y todavía los recordaba: una navaja barbera de cachas blancas, una brocha, un mechero de gasolina, una petaca de cuero para la picadura, un lápiz con funda metálica, una navaja de bolsillo... Esos fueron más o menos los objetos personales del padre durante toda su vida. Con ellos le bastó para hacer una guerra, para emigrar, para formar una familia y participar en la fundación de una ciudad. Si compara esas cosas con las suyas, cuya relación sería interminable, y que culmina con el cono de plata que él usa de llavero, con ese objeto de diseño que no sirve para nada salvo para darle capirotazos y enredar con él no logra entender cómo entre ambos repertorios median apenas treinta años, qué ha ocurrido para que su padre parezca ahora un mendigo y él sin embargo un potentado."



Ir a la p‡gina principal

[inicio]

[fotos] [enlaces] [filosofía] [literatura]